Gitanos
Nada era sustancialmente distinto al resto del año. Los niños gitanos seguían correteando por las calles del borde de las laderas del río, calles elevadas sobre la cota del agua y las huertas por lo menos cien metros. Las laderas eran pendientes muy acusadas, donde las gentes de la vecindad tiraban todo tipo de escombros y desperdicios sólidos de origen inorgánico; los de origen orgánico se los comían los bichos que había en casi todas las casas. Hacía, eso sí, mucho frío para ser un pueblo del sur.
Nadie adornó jamás las casas, nadie ponía árbol de Navidad, nadie sabía lo que era una hoja de acebo ni tampoco la había visto al natural, siquiera sin saber lo que veía.
Lo más interesante, lo que sí estaba ocurriendo en los corrales, era que el padre de familia examinaba esa mañana a los conejos y los pavos con aire de persona espléndida. El padre de mi amigo señaló al pavo blanco, el del moco verrugoso, el que se comía el maíz de las gallinas después de comerse el suyo propio y que tenía una mala leche de la hostia. Estaba tan gordo el condenado que siempre avanzaba, fuera a donde fuera, con las alas a medio rastras. Sólo se dignaba correr —si se puede decir que corriera— cuando mi amigo echaba un puñadito raquítico aquí, otro allá, otro aquí, otro allá. Pero hoy sólo echó un puñado de pienso aquí. Y, cuando se acercó, lo cogió primero del pescuezo y luego de las patas para ponerlo boca abajo; el plumífero se quedó como hipnotizado, quieta hasta la última pluma.
A media tarde, sí empezó a notarse cierta actividad gitana.
Se veían mujeres vistosamente engalanadas, con negras y abundantes melenas, con joyas, con zapatos de tacón de rascacielos. Los hombres, de porte elegante, con chalecos y reloj de bolsillo con cadena dorada de buque pirata. Iban y venían, y ordenaban a los niños de siempre que trajeran leños de los pinos y maderas del ejido, y, de las laderas, papeles y astillas. No pararon en unas cuantas horas. Formaron una pira de leña en mitad de la calle principal, colgaron en las ventanas unos ganchos de acero y afilaron los cuchillos.
A las ocho, muerto el día, entró uno de aquellos de la cadena; lo recibió el padre de mi amigo con una sonrisa de oreja a oreja, le dio el pavo y cogió los cuartos verdes. Se conocía que era ese pavo, y no otro, por el moco verrugoso. Pero ya no tenía plumas ni alas ni uñas.
Al individuo gitano lo esperaban en la puerta como llegado del cielo mismo. La montaña de madera ya estaba ardiendo hacía rato y otros hombres, que no paraban de moverla con hierros, estaban bebiendo vino. Las pavesas de un lado para otro, movidas por el viento, las llamas en los vidrios de los vasos, las guitarras en el quicio de la puerta, las panderetas en las uñas de las hermosas gitanas, que empezaban a tañer por lo bajini; el pavo a las brasas y los cantes que salían ahora de una garganta, ahora de la otra. Las faldas se movían, y los pelos, las caderas se meneaban culipandeando.
«¡Ay, ay y ay! ¡Er niño Diòh ha nasío hoy!»
Por fin me enteré. El niño Dios había nacido y el pavo gordo colgaba asado de los ganchos de la ventana, a los que todos hacían más de una visita. Todavía quedaba uno de sus muslos cuando, alejándome por la mejor calle, escuchaba:
Pero mira como beben
lòh pecèh en el río,
Pero mira como beben
por ver a Diòh nacío
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