A todas y cada una de las manos que en su cuerpo se posaron para intervenir, empezando por la matrona que le trajo al mundo: Doña Josefina.



Prólogo


Su nacimiento estuvo precedido por varios días de una enorme crecida del río, cuyo caudal trajo la desgracia al hogar de sus abuelos maternos, situado en el barrio bajo.
A la salida de un dique de contención y desvío del curso natural, ampliamente superado y parcialmente derribado el muro, el agua y el lodo alcanzaron los dinteles de las puertas de la casa de alquiler que habitaban María Luisa y Antonio José.
 La aceitera de latón verde —de un asa, boca fina y tapón grasiento de corcho— procedía de la cocina y asomaba por la puerta, flotando a medio cuerpo, cuando el matrimonio salió apresurado con dos o tres cuadros familiares bajo el brazo, los papeles y un hato indispensable de ropa. Rescataron la flotante alcucilla, que siguió en uso durante mucho más tiempo; su presencia útil les recordó durante décadas el periplo de aquellos días.
 Cruzaron el puente poco antes de que la plataforma se viera amenazada por las aguas y el barrio de Miragenil quedara previsiblemente aislado hasta que el nivel de las aguas empezara a bajar. Muchas horas después, seguía lloviendo a mares.
 Su única hija, la tercera entre cuatro hijos vivos, presentía parto la última vez que la vieron. Sin tener a dónde ir mejor, se encaminaron hacia donde ella habitaba, pues iba a dar a luz en pocos días, siendo así acogidos temporalmente en la casa de los consuegros: Mamá-Carmen y Papá-Fernando; inmueble mucho más elevado, seguro y de buena factura que el lugar del que ellos provenían.
 En la calle Fuensanta, Carmen experimentaría su tercer alumbramiento. Dos hermanos de la innata criatura, Fernando y Antonio, y el primo Manolín esperaban ya la llegada de una deseada niña. Expectantes también estaban los cuatro abuelos citados, y los tíos presentes: Manolo, el Machote, por parte de la madre, soltero, y Manuel, por parte del padre, casado con Carmen de las cantarerías, papás del primo.
 Otros familiares estaban ya ausentes, emigrados a diversas localizaciones peninsulares, insulares o extranjeras.


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