No es un tema del que se hable mucho. Pero aquellas moléculas que fueron catalizadoras de nuestras vivencias y que rondaron nuestro espacio intersticial han dejado una huella profunda en nuestra experiencia que con periódica frecuencia nos viene a la memoria, y hasta al sentir.

Me estoy refiriendo a las que fueron digeridas por eso que llaman vida, privadas de una presencia física que les permita reaccionar ya con otras moléculas y, mucho menos, con uno mismo; los átomos por aquí y por allá, de un lado para otro. Hoy planta, mañana ladrillo, pasado espuma del mar…

Como ácido graso formo en ocasiones parte de las membranas y hasta de los neurotransmisores que os dan la ilusión de la memoria. Y por ella pasan…, ¡ni os puedo contar con qué intensidad pasan aquellas moléculas que un día formaron parte de nuestro ser! No espero que se me entienda, pero nos acompañan para siempre en esos momentos de serena reflexión a que nos dedicamos cuando les queremos volver a tener, sin conseguir más que una tenue reacción química que es lo más parecido a aquello que fueron.

No todas. Las hay que se disolvieron en el magma químico y ni para memoria sirven. Me refiero a moléculas complejas que fagocitaron una parte de nosotros y luego tuvieron el mal gusto de irse, de dejarnos del todo.

Y ahí estoy yo también, rememorando enzimas, hormonas y jugos en los que me bañé. Me hago mayor, cualquier día me metabolizo y cojo el camino de villadiego. Me han dicho que hay una vía de escape llamada meato, y me han hablado de un agüita amarilla…


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